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Ver un Francia-España en pleno 14 de julio, junto a la catedral de Clermont-Ferrand, es sentirse invitado a una celebración nacional con la camiseta equivocada. Por la tarde, Pogacar volvió a inventarse otro espectáculo en el Tour, la cita que mejor vende el país, mientras Paul Seixas alimentaba el sueño de ver a la joyita gala comer queso en el cajón de París. Al caer la noche, el balón opacó a las bicis.
Miles de camisetas 'bleus', litronas de todos los colores, mucho 'gallo', banderas tricolores y una pantalla gigante frente al templo. Cada aparición de Lamine apagaba la plaza. Bastaba un regate para escuchar un silencio atronador. También flotaba Rajoy en el ambiente: pero "un vaso es un vaso" por muy rica que esté la cerveza local.
Con el 0-1, a mesa puesta, apareció la leyenda Dumoulin, sin prisas ni apretones. El golito del otro Mikel (ay, Landa) no se celebró. Un polo de Le Coq bastaba como disfraz ideal para disimular entre la muchedumbre clermontesa.
"Si reserváis aquí, venid sin camisetas de España". El que avisa no es traidor. Bajo aquellas torres negras entendimos que se puede vibrar por dentro en territorio ajeno sin mover un músculo interpretable como provocación. El brindis llegó en el hotel. Los fuegos se aplazaron, por "riesgo de incendios" como 'excusa' oficial. La final, como París, ya asoma. Chin chin, incluso por Mariano.